Fentanilo: la mayor crisis narcótica de la historia de EEUU

JAYRO SÁNCHEZ

Hace dos años que el youtuber KimGary comenzó a colgar en su canal los conocidos vídeos sobre la presencia multitudinaria de personas drogodependientes en la avenida Kensington de Filadelfia. En otras circunstancias, sus grabaciones no tendrían nada de particular y no se habrían emitido a lo largo y ancho del globo. Pero esta localidad del estado de Pensilvania no es la única afectada por la grave «narcocrisis» a la que se enfrenta EEUU.

Las poblaciones de algunas de las más grandes ciudades de este país, como Nueva York (Nueva York), Los Ángeles (California) o Austin (Texas), también están sufriendo las terribles consecuencias provocadas por la venta y el consumo de drogas a nivel masivo.

De hecho, los investigadores del Centro Nacional de Estadísticas de Salud estadounidense (NCHS, por sus siglas en inglés) afirman que, solo en 2021 (la última fecha sobre la que hay datos fiables disponibles), 106.699 de sus conciudadanos murieron a causa de una sobredosis. Los registros de este tipo de fallecimientos han aumentado un 33,8% desde 2019, lo que significa que el problema no solo persiste, sino que se ha agudizado.

Según los Centros para el Control y la Prevención de las Enfermedades (CDC), más del 80% de los decesos se pueden relacionar con la ingesta de opiáceos, y casi el 85% están vinculados al consumo de cuatro sustancias: la heroína, la cocaína, la metanfetamina y el fentanilo ilegal y sus análogos.

El Informe Mundial sobre las Drogas 2023 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) asegura que más de 80.000 de las 106.699 muertes han sido provocadas por opioides, y que, de ellas, 70.000 fueron causadas por la ingestión de opiáceos que contenían fentanilo.

100 veces más efectivo que la morfina

«El fentanilo es un opioide sintético que generalmente se usa para tratar a pacientes con dolor crónico intenso o dolor intenso después de una cirugía», explican los expertos de la Administración de Control de Drogas (DEA) estadounidense en su página web.

Es una sustancia similar a la morfina, pero unas 100 veces más potente. Su uso es legal, aunque solo bajo prescripción, suministro y vigilancia médica, ya que genera una intensa adicción y tiene unos efectos sedantes muy fuertes.

A pesar de ello, para los adictos es fácil conseguir una dosis gracias al predominio del modelo privado dentro del sistema sanitario de EEUU.

En primer lugar, porque las agencias gubernamentales encargadas de regular sus prácticas, como la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA), la Administración de Recursos y Servicios de Salud (HRSA) o la Administración de Salud Mental y Abuso de Sustancias (SAMHSA), no tienen los recursos, las competencias ni la capacidad de influencia para monitorear e intervenir en este asunto de la forma adecuada.

Y, en segunda instancia, porque la mayoría de los seguros privados prefieren ahorrarse los costes derivados del envío de sus pacientes a especialistas médicos y utilizar la medicación «milagrosa» que les ofrecen los agentes de venta de las empresas farmacéuticas que visitan sus centros clínicos y hospitalarios cada poco tiempo.

Historia de una crisis narcótica

La primera gran crisis sanitaria relacionada con los opioides en EEUU surgió bajo esos parámetros en la década de 1990, cuando las compañías farmacológicas convencieron a los doctores de las consultas para que recomendaran a determinados enfermos consumir Roxicodona y OxyContin.

Les dijeron que no hacía falta que tomaran ninguna precaución cuando ingirieran estas pastillas de oxicodona, ya que, después de haber realizado innumerables pruebas, sus científicos confirmaban que era imposible que se engancharan. La «epidemia» comenzó de este modo.

Las autoridades acabaron por darse cuenta de que lo que se contaba de la oxicodona no era cierto, así que establecieron criterios más rígidos para recetar esta sustancia. Aunque las personas que ya se habían vuelto adictas a ella se pasaron a la heroína porque era más barata y fácil de conseguir.

Es evidente que las diversas instituciones federales, estatales y locales estadounidenses ya se enfrentaban a un serio problema antes del año 2013, pero justo entonces descubrieron que una nueva droga llamada fentanilo se había popularizado entre los consumidores de opioides.

Expansión opiácea

Este opiáceo fue sintetizado por primera vez en 1960 por un equipo de investigación bajo la dirección del químico belga Paul Janssen, fundador de Janssen Pharmaceutica, que, en la actualidad, es una de las filiales más importantes de la multinacional médica norteamericana Johnson&Johnson.

El uso del fentanilo en Europa y EEUU se autorizó, respectivamente, en 1963 y 1968. Al principio, los médicos la administraban como anestésico en operaciones quirúrgicas, pero, décadas más tarde, se desarrollaron dosis consumibles en forma de pastillas, parches y tabletas para aliviar el dolor de las personas que hubieran contraído cánceres y otras enfermedades de gravedad.

Los datos recogidos por el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas muestran que, antes de que se produjera el aumento de las muertes por la ingesta de esta sustancia y otros opioides sintéticos, las drogas que más fallecimientos ocasionaban eran: los opiáceos con receta, la cocaína, la heroína, los antidepresivos y las benzodiacepinas (diazepam, alprazolam y clonazepam).

La mayoría de los estupefacientes ilegales que se consumen en EEUU entran a través de la frontera terrestre de 3.185 kilómetros que este país comparte con México, que fue uno de los puntos clave en la ruta de transporte de la cocaína de los cárteles colombianos durante años.

Cuando estos cayeron, sus homólogos mexicanos tomaron el control de sus centros de producción y redes de distribución mientras seguían ofreciendo los tradicionales productos cultivados en las montañas de Sinaloa: la marihuana y el opio.

La frontera

La cocaína y la heroína fueron los dos elementos más lucrativos del negocio de los «narcos» de México hasta bien entrado el siglo XXI. Aunque, cuando estos fueron conscientes de la enorme demanda que tenía el fentanilo, decidieron ponerse a comercializar la droga, pues sus costes de producción son menores que los de otros opioides.

Los informes recogidos por la UNODC detallan que los mexicanos compran los materiales precursores necesarios para crear la sustancia en China. Luego, los transportan hasta sus laboratorios clandestinos en América, donde elaboran el propio fentanilo. Al final, este es introducido en EEUU por las distintas rutas de contrabando que atraviesan las fronteras terrestres o marítimas estadounidenses.

A principios de este año, la actual directora de la DEA, Anne Milgram, pedía al presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, que hiciera más esfuerzos para detener la fabricación y el tráfico de drogas en su territorio. También acusaba al Cartel de Sinaloa y al Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) de ser los principales responsables de la «epidemia» narcótica que asola a los EEUU.

Por su parte, López Obrador critica al Gobierno estadounidense por culpar a México de la situación, ya que las organizaciones criminales de su país venden la droga al otro lado de la frontera porque allí existe una fuerte demanda de narcóticos.

Además, los arsenales de los cárteles están repletos de armamento comprado a empresas como Smith&Wesson, Colt o Barrett en EEUU, donde la Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF) no consigue cerrar las redes que introducen más de medio millón de armas ilegales cada año en suelo mexicano.

¿Un nuevo conflicto contra el narco?

Algunos miembros del ala más extremista del Partido Republicano han aprovechado la situación para proponer una posible categorización de los cárteles del narcotráfico como grupos terroristas y el otorgamiento de facultades al presidente estadounidense, Joe Biden, para lanzar operaciones militares en el territorio soberano de México con el objetivo de acabar con la producción y el contrabando de fentanilo.

Sin embargo, para que EEUU pudiera ejecutar esas hipotéticas acciones de fuerza sobre el terreno necesitaría el permiso de su vecino meridional. Y el presidente López Obrador ha declarado que «nosotros no vamos a permitir que intervenga ningún gobierno extranjero y mucho menos las fuerzas armadas de un gobierno extranjero» en México.

De todas formas, ya se ha demostrado que la «guerra contra las drogas», impulsada por varias administraciones estadounidenses desde finales de la década de 1960, ha constituido uno de los más sonados fracasos del Estado norteamericano en política exterior.

Así lo demuestra el creciente número de los consumidores de narcóticos, que, según el último informe anual de la UNODC, alcanzaba los 296 millones de personas en todo el mundo en 2021. Asimismo, 39,5 millones de ellas padecían trastornos por su ingesta.

Alternativas

El escritor estadounidense Don Winslow, experto en el crimen organizado norteamericano, asegura que el problema de la adicción a las drogas nunca se resolverá por completo restringiendo la oferta. Por el contrario, piensa que las autoridades deben actuar en el terreno de la demanda y reflexionar sobre las causas que incitan a la gente a consumir.

El periodista italiano Roberto Saviano, que desveló la estructura y el funcionamiento de la Camorra napolitana en su famoso ensayo Gomorra (2006), cree que solo se puede acabar con el narcotráfico mediante la legalización de las drogas.

La medida provocaría la quiebra de muchos grupos delictivos internacionales, y, si los estados obtuvieran las ganancias generadas por la venta de estas sustancias, podrían usarlas para desarrollar tratamientos y programas de prevención.

Jayro Sánchez es periodista español.