El mundo no ha logrado detener a Israel. Ahora solo nos quedan dos opciones: marcharnos o morir.
SHAHAD ALI
Mientras el ejército israelí lanza la primera fase de su última operación militar en la ciudad de Gaza —con el objetivo de ocupar por completo la zona y desplazar a sus aproximadamente un millón de habitantes hacia el sur—, la ciudad se ha sumido en un infierno sin fin. Noche tras noche, explosiones implacables y aterradoras nos roban el sueño. Barrios enteros están siendo invadidos y demolidos, lo que obliga a las familias a huir hacia un destino incierto, mientras que las sangrientas masacres se han convertido en una parte sombría de la vida cotidiana.
Por un momento, estas crueles escenas nos recuerdan los primeros meses de la guerra, cuando las fuerzas israelíes, por primera vez, obligaron a los residentes de la ciudad a huir hacia el sur bajo la amenaza de una invasión terrestre. El cielo entonces tenía el mismo aspecto que ahora: gris y cubierto de humo espeso, lo que indicaba un peligro inminente. Los rostros de la gente reflejaban la misma ansiedad y miedo insoportables, solo que ahora la preocupación es más aguda: tememos que esta vez nos veamos obligados a abandonar la ciudad de Gaza para siempre, sin que se nos permita volver jamás.
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