La reforma judicial conduce a Israel al borde de la fractura

EUGENIO GARCÍA GASCÓN

La profunda crisis política y judicial ya ha causado daño y una ansiedad e incertidumbre tremendas en una sociedad inmersa en la mayor crisis de su historia. El perjuicio está hecho y todavía no sabemos si el odio que se mastica en el país es irreversible ni si la sociedad será capaz de sanar. Las imágenes de las protestas que se desarrollan en las calles de Tel Aviv solo se han visto en los territorios palestinos ocupados.

En cualquier caso, las cosas con toda seguridad no volverán al cauce por el que discurrían hasta el 4 de enero, cuando, por indicación de Benjamín Netanyahu, el ministro de Justicia, Yariv Levin, puso en marcha una reforma judicial de gran calado y a la medida de Netanyahu. Desde entonces, la Kneset ha aprobado leyes que trastornan el sistema judicial, que con pocas modificaciones ha estado vigente desde 1948.

Los medios han intensificado en los últimos días las advertencias de que la reforma está causando una peligrosa situación de seguridad y estratégica. Algunas veces son cargos de la coalición de gobierno o de la oposición quienes, sin ocultar su nombre, denuncian la peligrosa transformación, pero lo más frecuente es que sean responsables de la seguridad, es decir, del Ejército, los servicios secretos para el interior o Shin Bet, y los servicios secretos para el exterior o Mosad quienes formulan declaraciones apocalípticas, ocultando el nombre.

Según estas advertencias, los enemigos están aprovechando la crisis para debilitar al estado judío, que ha perdido en gran parte su capacidad de disuasión. Uno de los ejemplos más palpables se registró hace solo unos días, cuando se infiltró un comando desde Líbano para realizar una operación en la Galilea y fue abatido cuando quería regresar a Líbano. Unos días después, el Ejército hizo públicos detalles confusos de esta operación que los militares calificaron de insólita. Desde Líbano, el líder de Hizbolá, Hasan Nasrallah, aclaró que no iba a reivindicar el ataque, puesto que con su silencio estaba incrementando la guerra psicológica contra Israel.

No ha sido lo único que ha socavado la posición regional de Israel. El reciente acuerdo de normalización entre Irán y Arabia Saudí firmado bajo la mediación de China ha caído como un jarro de agua fría y ha suscitado un sinfín de declaraciones cuestionando la política exterior de Netanyahu. Se señalan las evidentes malas relaciones del primer ministro con el presidente Joe Biden como fuente de un nuevo mapa de fuerzas en Oriente Próximo en detrimento del estado judío. Para añadir leña al fuego, responsables de la seguridad advierten de que Irán se encuentra a dos semanas de fabricar uranio enriquecido suficiente para la bomba.

Irán es uno de los pilares fundamentales de la política exterior de Israel, que se ha cuidado de crear miedo entre los países árabes blandiendo una amenaza existencial desde Teherán. Sin embargo, la normalización de relaciones entre Irán y Arabia Saudí, y el acercamiento de los Emiratos Árabes Unidos y Egipto a Teherán trastoca este eje de la política exterior israelí. No cabe duda de que Netanyahu intentará revertir la situación, pero existe una creciente impresión de que el proverbial temor a Irán ha desaparecido de los países árabes, lo que se deduce de esas aproximaciones que erosionan el liderazgo de Tel Aviv.

Netanyahu está obligado a dedicar más tiempo a resolver esos problemas que a la política exterior. Reservistas del Ejército anunciaron que no responderían a la llamada a filas, al menos hasta que no se paralizara la reforma judicial. Este lunes por la noche Netanyahu detuvo la reforma e inmediatamente se desconvocó la huelga general. Responsables militares advierten de que el descontento de los reservistas es una tendencia al alza que pone en peligro la operatividad de las fuerzas armadas. El titular de Defensa, Yoav Gallant, que advirtió de este peligro, fue cesado el domingo por Netanyahu, aunque el lunes por la noche todavía no le había llegado la carta de destitución.

La transcendencia de lo que ocurre va más allá de Israel, puesto que el país a menudo ha ido unos pasos por delante de Occidente en ciertas cuestiones. En realidad, la crisis está emparentada con la de Estados Unidos, donde demócratas y republicanos constituyen dos mitades enfrentadas, sin ganas de negociar con la otra mitad y con un odio sectario creciente. El golpe de autoridad de Netanyahu, como el que quiso dar Donald Trump, cuestiona los cimientos de la democracia liberal que hasta hace poco no se discutían, pero que ahora son cuestionados por parte de la población occidental, unos procesos que también se están dando en Europa.

Para algunos políticos y analistas, esta división está apuntando a una guerra civil. Lo ha dicho hasta el presidente de Israel en más de una ocasión. Todo dependerá del rumbo que se tome a partir de ahora. Algunas de las preguntas en el aire son las siguientes: ¿Conseguirá Netanyahu revertir la crisis con la paralización de la reforma? ¿Existe una voluntad real de consenso en la sociedad? ¿Recuperará Israel su capacidad de disuasión? ¿Se logrará pactar la reforma judicial con la oposición? ¿Se acabará con la frustración popular? ¿Cuánto durará la crisis? Será preciso esperar para obtener las respuestas, pero lo que parece seguro es que Israel no volverá a la situación reinante hasta el 3 de enero, un día antes de que el ministro de Justicia lanzara la reforma. Las cosas han cambiado y no volverán a ser como antes, sea cual sea la dirección que tomen.

Eugenio García Gascón ha sido corresponsal en Jerusalén 29 años. Es premio de periodismo Cirilo Rodríguez.