febrero 7, 2023

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España cruza los dedos para salir bien parada de la crisis y la guerra de Ucrania

HORACIO VIXANDE

España encara, sin control de su propio futuro, un invierno marcado por el conflicto bélico en Ucrania. La inflación, el déficit de materias primas, la crisis en las cadenas de suministros y el alza en el precio de los combustibles centran el debate político y social en el país. Sobre la guerra, más allá de la propaganda a favor de la continuidad del enfrentamiento militar, hay un manto de silencio que se podría confundir con consenso.

La crisis que se vislumbraba el pasado verano, se ha acentuado a consecuencia de la invasión de Ucrania y ha terminado por adueñarse del panorama económico en toda Europa. España no es una excepción, pero la distancia que la separa del este del continente ha amortiguado un poco algunos de sus efectos, tales como eventuales cortes de suministro energético a los hogares o empresas.

Más allá de los efectos económicos, y con independencia de las posturas que se tengan sobre la invasión de Ucrania, lo cierto es que en España el debate sobre el conflicto, sus consecuencias y la gestión del mismo por parte de los países occidentales, no existe y ha sido sustituido por censura de una parte y propaganda de la otra. El acceso a información sin filtros gubernamentales es casi imposible a menos que se utilicen vías como las redes sociales, lo que dificulta la conformación de opiniones contrastadas.

Incluso los pocos medios de comunicación que tradicionalmente informan sobre aspectos vetados como los negocios del anterior rey Juan Carlos de Borbón, reproducen casi al pie de la letra la propaganda belicista occidental. Tampoco es determinante la presencia en el gobierno de un partido como Podemos, algunos de cuyos dirigentes han mostrado reticencias ante la implicación española en el conflicto. Si bien los partidos del gobierno de coalición de izquierdas, PSOE y Podemos, no han cerrado filas respecto a la alineación del presidente Pedro Sánchez con la OTAN, tampoco muestran claramente sus discrepancias.

En ese contexto, no es posible poner en cuestión aspectos como el envío de armas a Ucrania, la economía de guerra en Europa o el retorno a la política de bloques. Como siempre, la guerra lo justifica todo, aunque siempre queda un pequeño espacio para el cinismo.

Argelia, el Sahara Occidental, Marruecos y negocio del gas

La invasión de Ucrania se concibió en Madrid como la oportunidad de hacer del país una plataforma de suministro de energía al centro y norte de Europa, muy dependiente del gas ruso. Con todo, al inicio de la contienda, una serie acontecimientos minaron la capacidad de maniobra de España. Argelia, tradicional rival de Marruecos, aprovechó el fin del contrato de suministro de gas natural a Rabat, en noviembre de 2021, para cortar definitivamente la venta de este combustible a Marruecos, dejando sin uso un gaseoducto que se prolongaba hacia España. De esta forma, la conexión de gas de la Península Ibérica con Argelia quedó reducida a un solo gaseoducto directo a través del Mediterráneo.

Para empeorar las cosas, solo un mes después del comienzo de la invasión de Ucrania, España cambiaba de posición en un asunto crucial en el norte de África como es la cuestión del Sahara Occidental, en la actualidad ocupado ilegalmente por Marruecos. Como antigua metrópoli, España tenía la obligación de resolver la descolonización del Sahara mediante un referéndum de autodeterminación bajo los auspicios de las Naciones Unidas. Siempre se manifestó en este sentido hasta marzo de 2022, cuando, por sorpresa, el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, envió a Rabat una carta que implicaba el apoyo de España al plan marroquí de anexión. La misiva provocó las iras de Argelia, principal valedor de los saharauis. Se ha especulado mucho sobre las razones de este cambio de postura, pero no han trascendido. Solo conocemos sus efectos y sus beneficiarios.

El desencuentro con Argelia no llegó a significar una interrupción en la venta de gas a España, pero dejó a este país en brazos de los Estados Unidos y su industria gasística. Como consecuencia, América ha sustituido a Argelia como principal suministrador de gas al país. Antes, la mayoría del metano llegaba por gaseoducto desde el norte de África, ahora lo hace por barco a unos costes significativamente mayores. De todas formas, se desconoce el precio del gas americano, ya que figura en contratos poco trasparentes que firmaron las compañías importadoras. El gobierno asegura que la suma no es tan importante.

Más desconcertante aún es la revelación de que España ha pasado a ser unos de los principales importadores europeos de gas licuado procedente de Rusia a bordo de buques gaseros. Su capacidad de almacenamiento y regasificación, facilitan la llegada del gas por mar.

El propósito de España es importar metano por barco o por gaseoducto, almacenarlo y trasportarlo a Europa a través de varios gaseoductos, algunos de los cuales están por construir. Sin embargo, a medio plazo pretende utilizar sus fuentes de energía renovable para producir hidrógeno verde que trasladar por gaseoducto a Alemania y otros países del centro y norte de Europa para alimentar su industria. Ni siquiera ha considerado en ningún momento emplear esta ventaja comparativa para apoyar sectores industriales propios frente a Alemania y otros países de Europa.

En cualquier caso, veinte años después de la primera edición del célebre libro de Jeremy Rifkin, La economía del hidrógeno, España se apunta a una revolución que nunca llegó a producirse. La promesa de un mundo en el que el hidrógeno, como vector energético, iba a liberar a los países de la dependencia del petróleo y traer consigo una producción de energía descentralizada, fue, en su día, criticada por quimérica y fantasiosa. ¿Se hará realidad ahora?

La maldición de la situación geoestratégica

Situada en el extremo sudoccidental de Europa, siendo al mismo tiempo puerta del Mediterráneo, frontera con África y ribereña del Atlántico, España es un enclave estratégico, aunque esta ventaja a veces parezca una maldición.

Tras un golpe de Estado fallido en 1936 y una posterior guerra civil a consecuencia del alzamiento militar contra la República española, la victoria de las fuerzas sublevadas en 1939 sumió al país en una dictadura que, de inmediato, se alineó con la Alemania Nazi. El régimen del general Francisco Franco llegó a enviar a un cuerpo de ejército —la División Azul— a luchar junto a las tropas de Hitler en la invasión de la Unión Soviética.

El triunfo aliado en 1945 parecía que desembocaría en la liberación de la España franquista, pero no fue así y los Estados Unidos prefirieron hacer del país un enclave anticomunista, el cual perduró hasta 1975, con la muerte del dictador Franco y el establecimiento de una democracia parlamentaria.

Sin embargo, España no consiguió desembarazarse de la tutela norteamericana, la cual hoy es más acentuada que nunca. Tras la muerte de Franco, se incorporó a la OTAN y, si bien hubo periodos en los que trató de mantener las distancias con los Estados Unidos, no siempre cumplió este objetivo. No solo participó en la primera guerra de Irak a raíz de la invasión de Kuwait, sino que fue, junto al Reino Unido y Portugal, de los pocos aliados europeos de los Estados Unidos que tomó partido por este país en la segunda guerra de Iraq.

Recientemente, el acercamiento de los Estados Unidos a Marruecos, tradicional rival estratégico de España en el norte de África, trajo como consecuencia la renovación del atlantismo español, lo que de hecho implicó el apoyo casi incondicional a los Estados Unidos en la recuperada política de bloques que tuvo lugar tras la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Así, a día de hoy no solo es un fiel aliado de los norteamericanos, también es uno de sus buenos clientes.

Horacio Vixande es periodista