Un Occidente moribundo devora a sus hijos

JONATHAN COOK

Estamos al borde de una serie de catástrofes provocadas por nosotros mismos, de las que la humanidad tendrá una suerte excepcional si sobrevive. Hay un camino por delante, pero ser capaces de verlo y comprender a dónde nos lleva requerirá —al menos para la mayoría de los occidentales— un gran esfuerzo de imaginación. Nos obligará a dejar de lado muchas de las cosas con las que nos han enseñado a identificarnos. Nos exigirá darnos cuenta de que nuestros valores más preciados son, en realidad, perjudiciales.

Sin duda, es una tarea ardua.

Me viene a la mente una pregunta que Sunny Hundal, otrora referente del liberalismo centrista, planteó en 2014 a los críticos del statu quo. Hundal preguntó a los lectores de su entonces influyente blog «Liberal Conspiracy»:

Si quieren reemplazar el sistema capitalista actual por otro, ¿quién fabricará sus vaqueros, sus iPhones y gestionará Twitter?

Cabe destacar que Hundal pronto abandonó su blog y se convirtió en portavoz del sector energético corporativo.

Sin embargo, resulta revelador lo anticuados que suenan ahora los argumentos liberales de hace tan solo 12 años. Es como asomarse a la mentalidad victoriana.

Hoy, Twitter se llama X y no lo dirige un tipo simpático llamado «Jack», sino un multimillonario ocasional llamado Elon Musk. Ese es el hombre que espera usar algún día su programa de cohetes personal para colonizar el espacio. Mientras tanto, cree que los musulmanes y sus aliados «liberales» deben ser expulsados ​​de Occidente para evitar una guerra civil que parece empeñado en provocar.

De manera similar, los liberales ya no se entusiasman tanto con los teléfonos móviles como en 2014, cuando el iPhone era considerado la prueba definitiva del progreso de la humanidad a través de la innovación tecnológica. Ahora los liberales quieren proteger a los jóvenes de sus pantallas, posiblemente porque esas pantallas a menudo muestran de forma demasiado gráfica cómo nuestros líderes, tanto liberales como conservadores, han estado colaborando activamente en un genocidio y están empeñados en destruir el planeta.

Pantalones vaqueros… bueno, supongo que a los liberales todavía les resulta imposible imaginar una buena vida sin un par de 501.

El liberal occidental, por supuesto, no puede concebir la idea de que los pantalones vaqueros o los iPhones se puedan fabricar independientemente del capitalismo, y mucho menos la sugerencia de que tener seis pares de pantalones vaqueros y deshacerse del iPhone cada dos años no sea la mejor manera de aprovechar los limitados recursos del planeta.

Migas de la mesa

La verdad es que la democracia —de la variedad liberal— no es una característica inherente de la vida política en lo que solemos llamar «Occidente». No hay nada inevitable ni irreversible en la democracia liberal.

De hecho, Occidente solo ha sido superficialmente democrático —en el sentido de que todos tienen derecho a voto— durante el último siglo. Incluso entonces, la democracia ha estado muy restringida y controlada: el público suele tener que elegir entre dos partidos capitalistas, uno más extremista que el otro, tras toda una vida expuesta a opiniones creadas por los máximos beneficiarios del capitalismo: los multimillonarios dueños de los medios de comunicación.

Y, por supuesto, la “democracia” en estos términos solo ha funcionado en casa. Las “aventuras” coloniales de Occidente —la subyugación y el despojo de los recursos del Sur Global— nunca cesaron realmente.

Durante algunas décadas de la llamada era “poscolonial”, instalamos dictadores locales sumisos para que hicieran el trabajo sucio. En el último cuarto de siglo, hemos vuelto a nuestros comportamientos habituales: amenazamos, invadimos y saqueamos abiertamente a los Estados que no se someten rápidamente a nuestros dictados.

En un mundo con recursos cada vez más escasos, nuestros gobernantes han decidido que deben romper las mismas reglas de guerra que ellos mismos formularon después de la Segunda Guerra Mundial. La ley de la selva ha regresado.

De hecho, la “democracia” occidental no es un producto de nuestra cultura. Es un producto del tiempo y las circunstancias. Con reyes y príncipes cediendo el paso a una nueva generación de comerciantes y empresarios, los primeros capitalistas demostraron ser aún más hábiles en el robo.

Una clase media en expansión, que vivía de las migajas, fue adoctrinada para defender valores liberales que justificaban las grandes desigualdades de riqueza como consecuencia de una supuesta meritocracia.

Las contradicciones inherentes a la teoría y la práctica del liberalismo culminaron en un breve experimento el siglo pasado: a la clase trabajadora y a las mujeres se les otorgó un voto simbólico —para elegir a uno de los representantes leales de la clase dominante— a cambio de convertirse en fervientes defensores del consumo de libre mercado.

Pero en una era de decadencia, esas contradicciones se han vuelto cada vez más difíciles de contener. A medida que desaparecen los excedentes, también lo hacen los valores liberales a los que nuestras «élites democráticas» alguna vez profesaban lealtad de palabra.

Ansia de poder

La clase dominante comprende que la situación está cambiando. Los recursos del mundo son finitos y se están agotando. El modelo de consumo masivo del capitalismo solo puede acelerar el fin. El consumo contamina el planeta. Alimenta el caos climático. Diezma otras especies que sustentan un planeta vivo.

Pero, como un adicto al crack, la clase multimillonaria no puede renunciar a aquello que les da lo que ansían: riqueza y poder. Su excusa es que, si alguna vez se detuvieran, otros —liderados por China— ocuparían su lugar. Su único consuelo es que, protegidos por su riqueza, esperan sobrevivir un poco más que el resto de nosotros.
Nuestro consuelo, en cambio, es imaginar que podemos ganar porque somos muchos.
La historia sugiere que no es tan sencillo. Saddam Hussein, por ejemplo, impuso un sistema de gobierno brutal sobre los iraquíes —apoyado por Occidente— durante muchas décadas, hasta que cambiamos de opinión y lo derrocamos. Lo mismo hizo Muamar Gadafi. Lo mismo hicieron innumerables déspotas.
Comprender que se está siendo oprimido no es lo mismo que la liberación. Eso requiere mucho más: liderazgo, organización, voluntad colectiva, la convicción de que existe una alternativa mejor.
La clase multimillonaria, por lo tanto, dificulta al máximo el surgimiento de líderes, la capacidad del público para imaginar una alternativa y la organización. Cualquier Jeremy Corbyn será vilipendiado. Cualquier protesta estudiantil, movimiento como Extinction Rebellion o acción por Palestina será criminalizada.
El papel de los medios de comunicación, desde The Guardian y la BBC hasta el Daily Mail y The Telegraph, desde The New York Times hasta Fox News, es saturar nuestras mentes con propaganda que exalta los jeans y los iPhones, de modo que optamos por seguir rindiendo culto al capitalismo, incluso cuando los muros del templo se agrietan y se desmoronan visiblemente.

Víctimas de abuso

Hace casi 20 años, el ecofilósofo Derrick Jensen explicó de forma memorable cómo funciona este sentimiento de identificación con nuestros opresores. Nos comparó con víctimas de violencia doméstica sistemática.
Si tu experiencia es que la comida viene del supermercado y el agua del grifo, defenderás a capa y espada el sistema que te las proporciona porque tu vida depende de ello.
Si, por otro lado, tu experiencia es que el agua proviene de un arroyo… y que tu alimento proviene de la tierra, defenderás hasta la muerte ese arroyo y esa tierra porque tu vida depende de ello.
Nos hemos enredado en este sistema, donde nuestras vidas dependen del sistema que nos explota.
Y, cabe añadir, un sistema que evidentemente ahora nos está matando.
El peligro para los multimillonarios, ahora que Norteamérica y Europa arden figurativa y literalmente, es que nosotros —la mayoría— estamos empezando a despertar. Vemos imágenes de genocidio e incendios forestales en los mismos iPhones a los que los multimillonarios nos hicieron tan adictos.
¿Es que acaso empezaremos pronto a comprender que nuestra supervivencia depende más de identificarnos con los arroyos, los árboles y la tierra que con las fábricas, los supermercados y Elon Musk?
Al igual que Saddam Hussein en Irak, los multimillonarios tienen los medios para coaccionar. Todavía cuentan con los medios de comunicación que nos bombardean con «entretenimiento» para que nos identifiquemos con las fábricas y los supermercados (aunque ahora sea más difícil vender la imagen del propio Musk).
Y si eso falla, tienen a la policía y al ejército.
La tecnología —desde el armamento hasta la vigilancia y la IA— se utiliza cada vez más en beneficio de la clase dominante. Esos perros robot asesinos de las películas distópicas ya están aquí. Hollywood no solo inventa historias fantasiosas y entretenidas; imagina futuros inminentes.

Tiempo de monstruos

Si la ideología del individualismo codicioso se revela como completamente vacía (y suicida), ¿adónde podrían dirigirse los desilusionados fans del iPhone y Twitter/X?
En la dirección opuesta.
Si se demuestra que el individualismo solo trae ruina, es probable que prefiramos las ideologías colectivas. Si la codicia solo trae muerte, es probable que prefiramos la cooperación y la solidaridad. La esperanza de salvación no reside en los iPhones y los vaqueros, sino en la resurrección de los bienes comunes: del bien público, de la riqueza compartida.
El pensador italiano Antonio Gramsci escribió en 1930 sobre el momento que vivimos: «La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer. En este interregno aparece una gran variedad de síntomas mórbidos».
El filósofo esloveno Slavoj Žižek popularizó estos «síntomas mórbidos» como una «época de monstruos». Pero nuestros monstruos no son un cíclope, un Hannibal Lecter ni siquiera un Adolf Hitler. Nuestros sistemas mórbidos son Elon Musk, Mark Zuckerberg y Jeff Bezos, los ejemplos de un capitalismo occidental moribundo, los hombres que pueden acceder directamente a nuestras mentes y a las de nuestros hijos.
El mayor peligro es que, con el caos climático acelerándose, el nuevo mundo de Gramsci no nazca en absoluto. Nacerá muerto. Puede que la prueba necesaria para incentivar el cambio llegue demasiado tarde para influir en el resultado.
Pero si algunos logramos sobrevivir las próximas décadas, si la supervivencia es posible, una cosa es segura: la sociedad que surja no se parecerá en nada a la que idolatraba los vaqueros y los iPhones.
Se inspirará en otras tendencias más antiguas de nuestra historia. Priorizará la comunidad sobre el individuo, la cooperación sobre la competencia, la reciprocidad sobre la propiedad: los mismos principios que el capitalismo pretende erradicar.

Los estados-nación, cuna del capitalismo, tendrán que disolverse. Las religiones organizadas, que compiten por determinar qué Dios es supremo, deberán ser reemplazadas por ideas espirituales más antiguas, arraigadas en la convivencia con la naturaleza, no en su conquista o sometimiento.

Si todo esto suena inverosímil o imposible, recuerda esto: tu incredulidad puede ser solo el ruido del capitalismo hablando a través de tí. Puede que el problema sea tuyo, por ser incapaz de imaginar algo más allá de un nuevo iPhone o unos vaqueros.

Jonathan Cook es periodista británico. Estuvo basado en Nazaret (Israel) durante 20 años. Ha trabajado para diversos medios internacionales en el Reino Unido y Oriente Medio. En 2011 recibió el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Es autor de tres libros sobre el conflicto israelí-palestino, el último de ellos: «Disappearing Palestine: Israel’s Experiments in Human Despair».

 

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