La democracia liberal de Israel cae a plomo en el descontrol

EUGENIO GARCÍA GASCÓN
Cada día se hace más evidente que la democracia liberal atraviesa por una crisis profunda. No sabemos si se recuperará, pero las señales que recibimos no son positivas. En distintos lugares se registran muestras de cansancio y hasta de hartazgo, siendo una de las manifestaciones más excelsas la que se observa en Israel, aunque abundan los ejemplos por todas partes, desde Estados Unidos a Europa del este.

Hace solo unos años Benjamín Netanyahu proclamó solemnemente que “los derechos no pueden protegerse sin tribunales fuertes e independientes”. Pero hace unas semanas, acosado en plena campaña electoral por un periodista que quería saber si iba a reformar el sistema judicial, lo negó, dijo que no era urgente y que lo que se comentaba en el país en ese sentido no respondía a la realidad. Sin embargo, nada más formarse la Kneset, Netanyahu ha convertido la reforma judicial en profundidad en su máxima prioridad, asegurando que la mayoría está a favor. Las protestas se han multiplicado, pero Netanyahu parece decidido a llevarla adelante.

Es obvio que el liberalismo moderado está perdiendo la batalla y que reformas como las que se hacen en Israel, o en España, que ni siquiera se ejecutan de manera velada, acabarán por convertir al gobierno en la ley, una identificación peligrosa que nos aleja de la democracia liberal, cuyo pilar fundamental es la separación de poderes. En Israel las motivaciones claras son de índole nacionalista y religionista, dos ideologías coercitivas propias de la derecha, mientras que en España son solo nacionalistas.

Los críticos acusan a Netanyahu de populista, pero cabe preguntarse si hoy es posible un gobierno que no sea populista, tanto de derechas como de izquierdas. La gente exige respuestas inmediatas a problemas complejos que les parecen sencillos de resolver. La gente está fatigada del liberalismo y quiere enterrar sus valores sin que ni siquiera tenga la voluntad de alcanzar compromisos. Cree natural y legítimo que se busque una simplificación, lo mismo que hacen sus líderes, unos empujados por otros y viceversa. A esto hay que sumar las fuertes tensiones identitarias, nacionalistas y religionistas, que florecen por doquier, para comprobar que estamos ante una combinación demasiado inflamable en potencia.

La gran reforma judicial que emprende Netanyahu hará que quien gane las elecciones se convierta
en dueño y señor del Estado, algo parecido a lo que está sucediendo en España, y que de hecho
acaba con la separación de poderes. Tzipi Livni, exministra de Justicia en un gobierno de Netanyahu
de hace algunos años, y una política retirada que raramente concede entrevistas, ha saltado a la
palestra advirtiendo que Netanyahu se dispone a “destruir la democracia”. “La mayoría ha votado a
este gobierno, sí, pero la idea de que la mayoría puede hacer lo que quiera no es democracia”, ha
dicho Livni como si también estuviera hablando de España.

El nuevo ministro de Justicia, Yariv Levin, que ha puesto en marcha el proyecto de Netanyahu, ha
respondido a Livni: “Resulta que todos votamos en las urnas y elegimos, pero después quienes
realmente gobiernan son los jueces, que no han sido elegidos. Esto no es democracia”. Este
argumento lo critican los líderes liberales, pero es aceptado por los populistas. Como ha dicho un
jurista, “no es que el gobierno vaya a estar por encima de la ley, es que el gobierno va a ser la ley”.
Levin ve natural que el gobierno quiera obtener un amplio control en el nombramiento de los jueces, como sucede en España, así como limitar el poder del Tribunal Supremo, otorgando al parlamento poderes especiales para anular las sentencias del Supremo que no agraden al gobierno mediante una mayoría de la mitad más uno de los diputados.

Liberales de todas las adscripciones políticas, incluido del Likud de Netanyahu, ven en la reforma el
mayor desafío al que se ha enfrentado Israel desde su establecimiento en 1948, y advierten que
solo es democrática en apariencia. Netanyahu se ha quitado la careta para defender sin tapujos la idea iliberal de otros mandatarios como el estadounidense Trump, el brasileño Bolsonaro, el húngaro Orban o el polaco Kaczynski. No es casualidad que tras los violentos ataques de enero en Brasilia contra los tres poderes, Netanyahu guardase silencio y no condenara los acontecimientos.

El primer ministro israelí busca un gobierno de la mayoría, restando el poder a jueces independientes, es decir, sin ninguna clase de control y contrapeso por parte de los tribunales Supremo y Constitucional. ¿Es esto democracia? Liberales de todas las tendencias aseguran que no, pero su fuerza es cada día menor y en Israel tienen las de perder, como está sucediendo en otros lugares de Occidente.

Eugenio García Gascón ha sido corresponsal en Jerusalén 29 años y es premio de periodismo Cirilo Rodríguez.