La OTAN incumple sus promesas históricas y se expande hasta las puertas de Rusia

JAYRO SÁNCHEZ

El expresidente estadounidense George H.W. Bush y el que fue el último dirigente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Mijaíl Gorbachov, organizaron su primer encuentro cara a cara a principios del mes de diciembre de 1989. La reunión se celebró en uno de los camarotes del crucero de línea Máxim Gorki, anclado cerca del puerto de la localidad maltesa de Marsaxlokk debido a las fuertes tormentas que embravecieron las aguas del Mediterráneo central durante aquellos días.

Fue esta conferencia la que, según la declaración conjunta de ambos líderes, marcó el final de la Guerra Fría (1947-1989). Y la que provocó la caída de los últimos regímenes comunistas que quedaban en la Europa oriental —a excepción del yugoslavo y el soviético, que tardarían un año más en empezar a desintegrarse—.

En ella, Bush padre garantizó su apoyo a la política reformista de Gorbachov, la perestroika, y le dijo que no quería saltar «sobre el Muro de Berlín» ni perjudicar a la URSS.

En principio, la reunificación de la República Federal de Alemania (RFA) y de la República Democrática de Alemania (RDA) no debería haber supuesto ninguna traba a este respecto.

Garantías

El 31 de enero de 1990, el ministro de Asuntos Exteriores de la primera, Hans-Dietrich Genscher, dio un discurso sobre su próxima puesta en marcha en la ciudad bávara de Tutzing.

Un cable confidencial enviado por la embajada estadounidense de Bonn al secretario de Estado James Baker mencionaba las advertencias del representante de la RFA sobre que la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hacia el este de Europa podría causar «un deterioro de los intereses de seguridad soviéticos».

También recalcaba que el ministro opinaba que la inclusión del territorio de la RDA en la Alianza Atlántica «bloquearía el acercamiento entre las dos Alemanias». 11 días más tarde, esa idea dio pie a una reunión entre el canciller de la RFA, Helmut Kohl, y Gorbachov.

El dirigente soviético dio su visto bueno a la reunificación y a la inclusión de la nueva Alemania en la OTAN siempre que esta no avanzase más hacia sus propias fronteras. Tanto él como su ministro de Asuntos Exteriores, Eduard Shevardnadze, recibieron garantías de que esa situación nunca se daría por parte del secretario Baker, quien decía hablar en nombre del presidente Bush.

Una «casa común europea»

En otras múltiples ocasiones, las cúpulas dirigentes estadounidense, francesa, alemana y británica confirmaron tales propósitos. No solo no querían que la Unión Soviética se sintiese amenazada, sino que deseaban construir una nueva estructura de seguridad europea junto a ella. O, al menos, eso era lo que expresaban.

El presidente de la URSS vio así cumplido uno de sus sueños: la materialización del concepto de la «casa común europea». Sin embargo, fue engañado por los que él creía que eran sus «amigos» y «defensores» en Occidente.

Desde que había sido elegido secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) en 1985, había tenido que bascular entre los elementos más reformistas y los más involucionistas de la política soviética mientras intentaba atajar los graves y crecientes problemas económicos del país —frenando la carrera armamentística que sostenía con EEUU y abriendo su economía, hasta cierto punto, a la «filosofía» del libre mercado—.

Un vodka con neoliberalismo

Todos sus esfuerzos fueron en vano. Tras el golpe de Estado de agosto de 1991 y los movimientos realizados por el presidente de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia —tanto en el interior como en el exterior de la URSS—, Boris Yeltsin, Gorbachov fue forzado a disolver el Estado soviético el 25 de diciembre de ese mismo año.

A lo largo de la década de 1990, la República Federativa de Rusia se estableció como la «continuadora» de la URSS. Yeltsin fue el creador de un nuevo entramado institucional que se diseñó para legitimar su monopolio del poder y los abusos de sus políticas privatizadoras que, como en una buena parte del resto de la Europa oriental de la época, fueron aplicadas por «asesores» económicos neoliberales estadounidenses.

El sucesor de Bush, el demócrata Bill Clinton, y sus aliados europeos aprovecharon la debilidad de Rusia para planificar una progresiva expansión de la OTAN hacia el este. Como sus predecesores, mintieron y sedujeron a Yeltsin asegurándole que su país sería incluido en una nueva arquitectura de seguridad europea.

El oso brama de nuevo

En 1999, el actual presidente ruso, Vladimir Putin, accedió al poder y, según ha afirmado él mismo en una reciente entrevista realizada por el expresentador ultraderechista de Fox News, Tucker Carlson, ha experimentado el mismo trato en cuanto a sus preocupaciones por la inclusión de Rusia en un nuevo «sistema de seguridad» continental.

El rechazo de Occidente a integrarla entre sus socios ha facilitado un giro de Moscú hacia Asia y, en particular, hacia Pekín en los últimos años. Además, ha propiciado que el Kremlin exija la creación de un «espacio de seguridad» entre los países que pertenecen a la OTAN y sus fronteras.

A pesar de ello, la Alianza ha ido situándose poco a poco en Europa del Este. Primero, aceptó la adhesión de República Checa, Polonia y Hungría en 1999. Un segundo grupo formado por Bulgaria, Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia y Lituania se unió a ella en 2004. En 2008, fueron Croacia y Albania. En 2020, Macedonia del Norte. Los dos últimos Estados que han ingresado son Finlandia, en abril del año pasado, y Suecia, que fue aceptada hace cinco días.

Un viejo mapa que se transforma

Los Gobiernos de estas dos antiguas «potencias neutrales», encabezados por los conservadores moderados Ulf Kristersson en Suecia y Petteri Orpo en Finlandia, decidieron iniciar los trámites para entrar en la OTAN tras la invasión rusa de Ucrania, por la que dijeron sentirse amenazados.

La cuestión ucraniana es uno de los puntos clave de las tensiones entre Rusia y Occidente. Putin alega que EEUU ha intentado intervenir en la política interna de Ucrania para alejarla de sus vecinos rusos, con los que mantiene vínculos económicos e históricos muy importantes. Por su parte, la Administración de Joe Biden acusa a Moscú de actuar como si Kiev fuera su «vasallo».

En la actualidad, Ucrania y Finlandia son los dos países que más kilómetros de frontera comparten con Rusia en Europa. En 2008, años antes de la invasión rusa e incluso del inicio del conflicto civil ucraniano en el Donbás, el Ejecutivo residente en el Palacio Mariyínski había intentado unirse a la Alianza. Los dirigentes que ahora lo ocupan siguen trabajando en ello.

Los Gabinetes de Orpo y Kristersson, que cuentan con el apoyo parlamentario de las formaciones ultraderechistas de sus respectivas naciones, han colocado a Putin en una situación muy comprometida al alinearse con la OTAN. Ahora, las flotas rusas que navegan por el golfo de Finlandia y el mar Báltico se encuentran rodeadas por la coalición atlantista. Y el óblast de Kaliningrado, situado entre Polonia y Lituania, también ha quedado cercado.

Cambios en las bandas

El Kremlin afirmó el martes que tomará «contramedidas de naturaleza política y técnico-militares para minimizar las amenazas a su seguridad nacional», refiriéndose de manera clara a la admisión de Suecia en la organización.

La OTAN se creó en 1949 con el objetivo de agrupar a todos los países del llamado «bloque occidental» en un frente común encargado de defender la posición hegemónica planetaria de EEUU y los modelos político y económico —la democracia liberal y el capitalismo— que sus dirigentes propugnaban frente a la «amenaza expansionista» soviética.

Terminada la Guerra Fría e implosionada la URSS, su existencia perdió todo el sentido que podría haber tenido con anterioridad. Y, aun así, los dos Bush, Clinton y Obama le encontraron otros: Serbia, Oriente Medio, la «guerra contra el terror» …

El presidente estadounidense, Joe Biden, ha puesto en su punto de mira dos objetivos más. Uno, Rusia, representa al viejo antagonista de siempre. Y el otro, China, desvela que la OTAN no es un grupo que proteja a las naciones atlánticas de peligros externos, sino que solo vela por el mantenimiento de los intereses de EEUU en todo el mundo.

Jayro Sánchez es periodista.

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