Lula vence a Bolsonaro en las elecciones más disputadas

JUAN MIGUEL MUÑOZ

São Paulo

Se cumplió la norma no escrita: quien vence en la primera vuelta en las elecciones de Brasil se convierte en presidente en la segunda. Doce años después de abandonar Planalto, y tras su paso por la cárcel después de un proceso judicial plagado de irregularidades, Luiz Inácio Lula da Silva regresará al palacio presidencial el 1 de enero. Tres minutos antes de las ocho de la noche, Lula fue declarado oficialmente presidente electo. Pero hizo falta escrutar el 99% de los votos para poner fin a los comicios. El carismático ex sindicalista consiguió casi el 51% de los votos, frente a poco más del 49% de su contrincante, Jair Bolsonaro: la victoria más ajustada de las presidenciales en Brasil desde la restauración de la democracia en 1988. El norte se volcó con Lula, como es tradicional; el sur y algunos Estados de la cuenca del Amazonas, apoyaron muy mayoritariamente al ultraderechista.

En su primera comparecencia una vez elegido, en un hotel del centro de São Paulo, y rodeado de dirigentes y cargos históricos y electos de su partido, Lula hizo un llamamiento a la unidad de los brasileños. Las primeras palabras se las dedicó a la candidata derrotada en primera vuelta Simone Tebet, que ha apoyado a Lula en el segundo turno. A tenor del ajustado resultado, el apoyo de Tebet se ha revelado decisivo. Tras criticar a Bolsonaro por haber utilizado el aparato del Estado en la campaña electoral, Lula dijo que el triunfo es una victoria del movimiento democrático para “que la democracia saliera vencedora”.

Luego habló de la importancia de fomentar la educación, la sanidad, la cultura, el crecimiento económico y la generación de empleo. “Voy a gobernar para los 215 millones de brasileños… A nadie interesa vivir en un país dividido y en permanente estado de guerra… Es hora de bajar las armas, que nunca deberían haber sido empuñadas… Es preciso reconstruir el alma de este país… El verde y el amarillo de la bandera no pertenecen a nadie…”, afirmó Lula, que añadió que el combate al hambre será el primer compromiso de su Gobierno.

Incidió en que reforzará los programas sociales y destacó que “nadie, nadie estará por encima de la ley”. Asimismo, apuntó que Brasil debe dejar de ser el paria que ahora es en el mundo y vínculo esa coyuntura con la deficiente protección medioambiental del Gobierno saliente. Y añadió que luchará para poner fin a la deforestación de la Amazonia y que protegerá a las poblaciones indígenas.

El triunfo de Lula, que ha prometido que no se presentará a la reelección, demuestra la enorme popularidad del dirigente del Partido de los Trabajadores (PT), capaz de sobreponerse al lastre que supone el descrédito que padece su partido. Los resultados reflejan también que la sociedad del inmenso país latinoamericano sufre una profunda división. Jair Bolsonaro fue un rival durísimo. Consiguió reducir de seis millones a dos millones la diferencia de votos entre la primera y la segunda vuelta. Y, aunque derrotado, su enorme cosecha de sufragios demuestra el vigor de los sectores conservadores y profundamente religiosos de Brasil, que se han escorado muy a la derecha.

Minutos antes de cerrarse los colegios electorales, a las cinco de la tarde, todavía se escuchaban los gritos que los vecinos de un céntrico barrio de São Paulo han lanzado durante los últimos días: “Fuera Bolsonaro” y “Lula Ladrón”. Poco después, Bolsonaro comenzaba con una ventaja de cuatro puntos el recuento. Sin duda porque buena parte de los votos contabilizados en esos primeros instantes provenían de Estados que se inclinaron por el presidente de extrema derecha en la primera vuelta. Pero conforme avanzaba el escrutinio, Lula no dejó de ganar terreno. Con el 67,76% de los votos escrutados el candidato de la izquierda pasaba a tener el 50,01% de los sufragios y los simpatizantes de Lula ya no reprimieron su alegría. También cambiaron los semblantes de los presentadores y analistas de la cadena Globo, que comenzaron a sonreír más. La poderosa cadena de televisión, que ya no tiene la influencia de antaño, ha sido inclemente con Bolsonaro.

La campaña –enconada, plagada de insultos y de mentiras descaradas en las redes sociales, y superficial en cuanto a su contenido— dejó paso a una jornada electoral de infarto. En los días previos a la cita con las urnas, la incertidumbre era enorme. Y los simpatizantes del candidato elegido no las tenían todas consigo. Bolsonaro ha peleado hasta el final. Y es probable –y así lo temen numerosos dirigentes y expertos– que el presidente saliente y sus seguidores no acepten el resultado. Sí lo hizo, en un discurso conciliador tras conocerse los resultados, Arthur Lira, presidente de la Cámara de Diputados, que enfatizó la necesidad de evitar el revanchismo.

El presidente del Tribunal Superior Electoral, Alexandre de Moraes, tuvo que intervenir en favor de la limpieza electoral. El director de la Policía Rodoviaria Federal, Silvinei Vasques, declarado bolsonarista, fue convocado por Moraes ante las denuncias de que la policía estaba entorpeciendo el acceso a los colegios electorales a muchos votantes. Pero eso sucedía en la gran mayoría de los casos en los Estados del Nordeste, precisamente el bastión electoral de Lula, los Estados en los que el candidato del Partido de los Trabajadores obtuvo en la primera vuelta el 67% de los votos.

El presidente electo afronta un panorama complicado con escaso margen de maniobra. 33 millones de los 215 millones que habitan Brasil, pasan hambre o tienen que saltarse alguna de las comidas del día. Con 10 millones de desempleados, y con una coyuntura difícil también por la situación económica internacional, los expertos pronostican que el crecimiento económico – 4,6% en 2021 y -3,9% en 2020– no será robusto al menos hasta 2024 en el mejor de los casos. La inflación, ahora en el 9% no bajará del 5% el año próximo. Esa inflación no favorece que el consumo se convierta en el motor del crecimiento. Ni Lula ni Bolsonaro ofrecieron durante la campaña fórmulas para promover un impulso potente a la economía. En esas circunstancias, ambos prometieron que el Auxilio Brasil -la ayuda de unos 120 euros concedida a casi 21 millones de brasileños- seguirá en vigor. Ningún candidato explicó el malabarismo presupuestario necesario para mantener esa ayuda.

Al margen de los datos macroeconómicos, el déficit del sistema sanitario público de Brasil es insostenible a medio plazo. Y las carencias del sistema educativo público –siempre muy deficiente— se agravaron durante la pandemia. Brasil fue de los primeros países del mundo en clausurar las escuelas durante la pandemia y de los últimos en reabrirlas. Sin una reforma fiscal (y administrativa) es imposible compatibilizar a medio plazo la salud de las finanzas públicas y la mejora de la sanidad y la educación.

Hay más obstáculos para Lula. Tarcisio de Freitas, el candidato bolsonarista, venció en el Estado de São Paulo, el motor económico del país y el Estado más habitado (22% de la población). Pero, además, Minas Gerais y Río de Janeiro también tendrán gobernadores bolsonaristas: los tres Estados más importantes del país, en manos de la oposición al Gobierno federal. Por si fuera poco, Lula tendrá que lidiar con el Congreso y el Senado. En el Congreso de 513 diputados los partidos del denominado Centrão son siempre duros de roer, aunque finalmente suelen aliarse con el presidente. En realidad, son los representantes de los caciques y los intereses regionales. Todo es negociable. Pero un porcentaje nada despreciable son representantes de las llamadas bancadas de la Bala, la Biblia y el Buey, es decir de los partidarios de los intereses agropecuarios, los sectores religiosos –especialmente los evangélicos– y los defensores de la liberalización de la venta de armas. Los tres son  grupos profundamente conservadores. Conciliar los intereses del sector agropecuario, que supone el 27% del PIB brasileño, con la conservación medioambiental será un desafío para el presidente electo.

Se auguran pocos cambios de calado. Uno de ellos es que Lula frenará el programa de privatizaciones que emprendió el Gobierno de Bolsonaro en los últimos cuatro años. El presidente electo ha asegurado que no se privatizarán ni Petrobras, la joya de la corona, ni los bancos públicos.

Más seguro es un viraje en la política exterior de Brasil. Bolsonaro no ha cesado de atacar a todos los Gobiernos de izquierda del continente, al margen de sus enfrentamientos con China, el primer socio comercial del país. La política exterior ha estado marcada por un claro sesgo ideológico y la imagen de Brasil se ha visto dañada también por la pésima imagen que ha producido la gestión de la cuenca amazónica.

Juan Miguel Muñoz es periodista. Vive en Brasil y fue corresponsal en Jerusalén

 

 

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