Lula da un vuelco a la política exterior de Brasil

JUAN MIGUEL MUÑOZ

São Paulo

La presidencia de Luis Inácio Lula da Silva cumplió este lunes sus primeros 100 días. Más de tres meses en los que el Gobierno está dedicado a la forja de pactos en un Parlamento en el que carece de mayoría, muy fraccionado y con grupos muy hostiles al Partido del Trabajo (PT) y a sus partidos aliados.

Pero hay un asunto en el que la dependencia de los acuerdos parlamentarios es mucho menor: la política exterior, ámbito en el que sí se aprecia un vuelco radical respecto al mandato del ultraderechista Jair Bolsonaro, quien concedía escasa relevancia a la diplomacia y a la acción exterior del Estado, marcada por más de un patinazo –China y los Emiratos del Golfo Pérsico, por ejemplo— provocado por las filias y fobias del ultraderechista. Tradicionalmente reacio al enfrentamiento en su política exterior –el último conflicto armado de Brasil se remonta a comienzos del siglo XX, cuando Brasil incorporó a su territorio en 1903 el Estado de Acre, hasta entonces en poder de Bolivia—, la Administración de Lula retoma la tradición de abogar por el multilateralismo y las iniciativas mediadoras. Parecen incansables.

El primer viaje oficial de Lula al exterior, el 24 y 25 de enero, siguió una norma no escrita de la diplomacia brasileña que había sido quebrada por Bolsonaro, enfrentado abiertamente al mandatario argentino, Alberto Fernández: Buenos Aires (y también Montevideo) fue el primer destino del nuevo presidente. En la visita se habló de crear una moneda común para las transacciones comerciales entre Brasil y Argentina, aunque los analistas e incluso altos funcionarios del Ejecutivo brasileño admiten que el proyecto está lejos de madurar. El ministro de Hacienda brasileño, Fernando Haddad, rechazó la posibilidad de una moneda común para los dos países. También se discutió sobre la posibilidad de que el Banco Nacional de Desarrollo (BNDES) brasileño participara en la financiación de un gasoducto que conectaría los ricos yacimientos argentinos de Vaca Muerta con Brasil, lo que supondría la vuelta del BNDES a la financiación de proyectos en el exterior, desechada durante la presidencia de Bosonaro.

Siempre alérgico a las intromisiones en los asuntos internos de otros países, Lula se mostró muy prudente y eludió, a diferencia de su predecesor, críticas abiertas a los rivales de su anfitrión: la también peronista Cristina Kirchner y el expresidente conservador Mauricio Macri. También ha rechazado Lula condenar al régimen de Daniel Ortega, a pesar de las presiones de varios países latinoamericanos.

El 10 de febrero Lula visitó Washington. Pero sólo la aversión al expresidente Donald Trump parece unir al mandatario brasileño y al presidente Joe Biden. No se firmaron acuerdos con contenidos concretos, y dos asuntos suscitaron discrepancias evidentes. La decepción de la delegación brasileña fue notoria al conocer la cantidad que la Casa Blanca estaba dispuesta a aportar para el fondo de conservación de la Amazonia: 50 millones de dólares, muy lejos, por ejemplo, de la concedida por Alemania, que alcanza los 200 millones.

Tampoco hubo sintonía respecto a la guerra de Ucrania. Ya se conocía cuando Lula aterrizó en Estados Unidos su propuesta para que un grupo de países, en el que debía estar China, mediara en el conflicto entre Moscú y Kiev. El multilateralismo es –y fue durante sus dos primeros mandatos entre 2003 y 2010– una de las señas de identidad de la política exterior de Lula. Además, el veterano dirigente rechaza tajantemente la solicitud estadounidense para que envíe armamento y munición al Ejército ucraniano.

Y en la Cumbre por la Democracia celebrada el 29 y 30 de marzo, la delegación brasileña se negó a condenar la invasión de Rusia en territorio ucraniano. En su visita a China, a donde llegó este miércoles tras ser pospuesta a finales de marzo por una neumonía, el presidente brasileño intentará acordar una propuesta de mediación conjunta con Pekín. De momento, resulta casi imposible que prosperen iniciativas como la que Lula ha planteado esta semana: la cesión ucraniana de Crimea a Rusia, manteniendo bajo soberanía de Ucrania las repúblicas del Donbás.

Pero, al margen de la Cumbre por la Democracia, también hubo fricciones entre Brasilia y Washington a comienzos de marzo, cuando la Casa Blanca instó al Gobierno brasileño a que impidiera que dos navíos de guerra de Irán atracaran en el puerto de Río de Janeiro. Los buques finalmente lo hicieron. Las advertencias de Estados Unidos no fueron atendidas.

Hay otro desencuentro entre Brasilia y Washington. Y probablemente el que más trascendencia puede tener en el futuro. Brasil y China –primer socio comercial del país latinoamericano– acaban de acordar que sus transacciones comerciales se podrán realizar en las monedas de ambos países, el yuan y el real, dejando de lado el dólar. Se suma Brasil a una tendencia que están siguiendo numerosos Estados en todo el mundo –India, Rusia, Arabia Saudí, entre otros–, sobre todo después de las sanciones impuestas a Rusia por los países occidentales.

Varias de las iniciativas diplomáticas del Palacio de Itamaraty –sede del Ministerio de Asuntos Exteriores en Brasilia— suponen un claro distanciamiento respecto a los países occidentales. En la última semana de marzo, Brasil voto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a favor de una investigación sobre el sabotaje del gasoducto Nord Stream, diseñado para suministrar gas ruso a Alemania. Destruido en septiembre de 2022, sorprende que meses después los países aledaños a la zona de la explosión –Alemania, Dinamarca, Suecia— y Estados Unidos, acusado por el periodista Seymour Hersh de haber ejecutado el sabotaje, no hayan presentado evidencia alguna ni el resultado de investigaciones serias. 12 países se abstuvieron en el Consejo de Seguridad. Brasil votó a favor junto a Rusia y China.

También en el Consejo de Seguridad, Brasil mantuvo una posición alejada de la sostenida por los países occidentales respecto al supuesto ataque con armas químicas perpetrado por el Ejército sirio en 2018 en Douma, en las cercanías de Damasco. El supuesto ataque desencadenó bombardeos de Estados Unidos, Reino Unido y Francia. Pero la investigación llevada a cabo por la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas descartó la presencia de agentes nerviosos en las muestras recogidas en el lugar del ataque en el que murieron entre 40 y 50 personas. Esos informes fueron desechados y censurados por la propia organización, y a sus autores no se les ha permitido declarar ni participar en la realización de los nuevos informes difundidos en enero y que ahora apuntan a la utilización de armas químicas. Ian Henderson, jefe del equipo de investigadores, aseguró en 2020 que no se produjo tal ataque, y Moscú asegura que se trató de un montaje de grupos de la oposición siria, entre ellos los célebres Cascos Blancos.

Brasil se ha alineado, en nuevas audiencias celebradas a finales de marzo en el Consejo de Seguridad, con quienes sostienen que el supuesto ataque nunca ha sido probado. El embajador brasileño, Ronaldo Costa Filho, pidió una investigación sobre el encubrimiento de las investigaciones iniciales que descartaban la utilización de armas químicas, y rechazó la posición del representante del Reino Unido, quien bloqueó la participación del primer director de la Agencia para la Prohibición de Armas Químicas, Jose Bustani. Llueve sobre mojado. En pleno debate sobre la supuesta existencia de armas químicas en Irak, Bustani fue defenestrado de la organización en 2002 tras una campaña inclemente del entonces subsecretario de Estado John Bolton, quien llegó a amenazar personalmente al diplomático brasileño.

En pleno auge de los BRICS –organización inicialmente constituida por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, y a la que pretenden sumarse varios otros países–, la presencia de Brasil en la escena internacional previsiblemente va a crecer durante el Gobierno de Lula, repitiendo así la trayectoria de sus dos primeros mandatos a comienzos del siglo XXI.

Juan Miguel Muñoz es periodista. Vive actualmente en Brasil y ha trabajado también en México. Ha sido corresponsal en Jerusalén y cubrió la guerra de Libia, entre otros conflictos.