Ataque ruso contra Von der Leyen: ¿Montaje o sabotaje?
JASIEL PARIS
El pasado domingo 31 de agosto, la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen aterrizaba en Bulgaria, tras reportar interferencias en el GPS de su avión. El periódico Financial Times informó de que el avión se vio obligado a seguir volando durante una hora sin capacidad de aterrizar, hasta que los pilotos lo hicieron manualmente con mapas de papel. El gobierno búlgaro afirmó que sospechaban fuertemente de Rusia como atacante y un día después distintas voces de la Comisión Europea (la finlandesa Anna-Kaisa Ikonen y la italiana Arianna Podestà) han afirmado ante el mundo que Rusia ha intentado sabotear el vuelo de Von der Leyen.
De estas fuentes vale decir que el Financial Times es el órgano oficial del anglo-globalismo y que la noticia del supuesto ataque ruso es de Henry Foy, periodista acompañante de von der Leyen con la misión de generar interés y darle visibilidad internacional al viaje. El actual gobierno búlgaro que “sospecha de Rusia” es una frágil coalición «pro-europea» ensamblada contra la mayoría social búlgara que no ve en Rusia un enemigo. Esta administración está volcada en agradar a la Comisión Europea para ganar sus prebendas. Dirán lo que sea necesario y harán lo que se le ordene (incluyendo aplicar una austeridad económica exigida para entrar en el euro a costa de la creciente desigualdad entre búlgaros). De las fuentes de la Comisión Europea basta saber que llevan años promoviendo con medias-verdades la idea de que Rusia es una amenaza inminente para todos los europeos. Hay algo esquizofrénico en el discurso de los europeos: Rusia como peligro continental y, a la vez, derrotada y derrotable en Ucrania. Rusia como atacante de interferencias GPS y, a la vez, tan falta de tecnología como para -según ellos- robar microchips de frigoríficos y lavadoras.
¿Qué hay de cierto?
Desde la guerra de Ucrania se han incrementado exponencialmente las interferencias «jamming» (bloqueo de señal) y «spoofing» (introducción de señales falsas) en los países europeos cercanos a Rusia y Ucrania. Esto es un fenómeno habitual en los países en conflicto (y sus regiones vecinas), causado por sistemas electrónicos de defensa (¡defensivos!, no ofensivos) que buscan inhibir comunicaciones de aeronaves enemigas, desviar trayectorias de misiles, ocultar el movimiento de tropas del país propio, cegar a dispositivos espía para proteger infraestructura crítica, etc. En el caso del conflicto ruso-ucraniano, las zonas que sufren mayores interferencias están, lógicamente, en Europa Oriental y en el Mar Negro (que baña a Bulgaria -donde estaba von der Leyen-) para proteger la Flota Rusa del Mar Negro de drones ucranianos.
Sí es cierto que Rusia dispone de potentes unidades y tecnologías dedicadas a la guerra electrónica y, evidentemente, las puede utilizar contra Europa (sería lo justo: la OTAN pone sus servicios satelitales y tecnologías de ciberguerra al servicio de Ucrania contra el ejército ruso). Pero la mismísima Autoridad de Aviación Civil (AAC) británica confirma su naturaleza defensiva y accidental: «estas interferencias ocurren cerca de zonas de guerra como efecto secundario de la actividad militar, no como una acción deliberada».
Y, lo que es más, estas interferencias son generalmente inocuas. Continúa la AAC: «no afectan a la navegación de aviones, que no dependen del GPS, sino que tienen otros sistemas complejos». Acelerómetros y giróscopos, radares secundarios o vectores ATC, sistema de guía durante el aterrizaje (ILS) o balizas terrestres (VOR/DME) son los medios que se utilizan cuando falla el GPS estadounidense, o el resto de sistemas de navegación satelital (GNSS) -el Galileo europeo, el Glonass ruso o el Beidou chino-. ¡Y no mapas analógicos!, como (des)informa el Financial Times. Incluso las fuerzas armadas de Estonia (el Báltico es la región más afectada por estas interferencias) afirma que su impacto general es mínimo, ya que ellos trabajan con alternativas al GPS. Su nula eficacia sugiere que no es un arma útil para Rusia contra los países europeos.
Aunque sea cierto que Rusia genera una parte de estas interferencias, tampoco es el único país generador: Ucrania tiene también estas capacidades, así como los ejércitos de la OTAN (que las despliegan en esa misma región para cubrir maniobras militares y transportes de armamento hacia Ucrania). Apenas hay forma de probar que el foco único o mayoritario de estas interferencias sea Rusia, como confirman fuentes de la mismísima BBC: «no se ha establecido ningún vínculo demostrable de Rusia con el aumento de interferencias de GPS, pero los gobiernos europeos culpan habitualmente a Rusia».
¿Qué hay de falso?
La página-web más fiable del mundo respecto al control de tráfico aéreo, la sueca Flightradar24, afirma que en realidad el avión de Von der Leyen realizó su traslado más o menos en el tiempo previsto, con un retraso de 9 minutos y no de una hora, como (des)informa el Financial Times. Además, Flightradar24 registra que el traspondedor del avión dio buena señal GPS en todo momento. La página-web suiza OpenSky Network confirma que el avión tuvo conexión GPS disponible todo el tiempo. Además, el patrón de vuelo no sugiere que el avión estuviese dando vueltas por falta de capacidad de aterrizaje, sino que parece un patrón de espera previo a la autorización para aproximarse a pistas de aterrizaje.
Resulta casi imposible concebir tal operación rusa con la tecnología actual, teniendo en cuenta la gran distancia del aeropuerto búlgaro con la frontera rusa (unos 750 kilómetros). De haberse podido realizar un ataque así, lo normal es que se hubiesen reportado otras interferencias por parte de decenas de aeronaves en la zona. Y, por supuesto, habría sido una torpeza por parte de Rusia no haber atacado el avión en el trayecto previo: atacar en la fase de aproximación al aeropuerto multiplica la posibilidad de ser detectados por múltiples aeronaves y sistemas de control. En el improbable caso de que Rusia haya decidido desviar hacia Von der Leyen sus capacidades de interferencia (en plena temporada de ataques masivos de drones ucranianos), resultaría decepcionante esforzarse tanto para lograr una leve molestia en el GPS que, según el manual del avión Falcon de Von der Leyen, supone como mucho una «ligera reducción de la percepción situacional» que el piloto compensa fácilmente.
Bien se haya tratado de un extrañísimo ataque ruso, bien de una «fake news» (noticias falsas) o «false flag» (una operación de falsa bandera), o bien de una incidencia menor (el mismo avión sufrió el día anterior alguna interferencia habitual en el espacio estonio), una cosa está clara: el uso político que Von der Leyen le ha dado a este episodio.
¿A quién beneficia?
El supuesto ataque ruso ha servido, en primer lugar, para intentar centrar el foco de atención global en Von der Leyen y la política europea, opacada en las últimas semanas por las negociaciones directas Trump-Putin. También es importante para Occidente apartar el foco mediático de la gran cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, que está ocurriendo simultáneamente entre la Rusia de Putin y otros gigantes como la China de Xi Jinping y la India de Modi, representando el mundo multipolar BRICS como alternativa al Occidente unipolar OTAN-UE.
La noticia también es útil para tapar el pésimo recibimiento de Von der Leyen en Bulgaria, donde los manifestantes han intentado bloquear su avance al grito de «nazi», por el parecido entre su retórica y la retórica nazi. En su viaje a Bulgaria von der Leyen ha descrito a Rusia como un «depredador» con rasgos de «comportamiento hostil», igual que los nazis se referían a los rusos como animales salvajes. La vieja «conspiración judeo-bolchevique» también revive en una Comisión Europea que ve la mano rusa en todas partes: desde las elecciones estadounidenses hasta el independentismo catalán hasta el GPS. Por no hablar de las retóricas idénticas del actual rearme paneuropeo contra Rusia y del rearme pangermano contra la URSS de los años 30.
Bulgaria ha sido un destino más de una gira destinada a inflamar el belicismo de los países más cercanos a Rusia: los bálticos, Finlandia, Polonia y Rumanía, los llamados «países de la línea de frente» (otro vocablo de inspiración nazi: el «ostfront» o «frente oriental»). Antes la Unión Europea prometía paz y pan a sus nuevos socios, ahora se les habla de producir pólvora y artillería y, visitando la mayor empresa militar estatal de Bulgaria, Von der Leyen ha afirmado que «este es exactamente el tipo de proyectos que queremos ver». En esta gira ha anunciado la presidenta que tiene un plan casi listo para desplegar a miles de soldados europeos en Ucrania e incrementar cinco veces el gasto en armamento. Ha olvidado decir que tal incremento será a costa de prestaciones sociales, pero es fácil adivinar que cuando la mensualidad de la pensión o la prestación de desempleo no lleguen a los hogares, se culpará a los hackers rusos de haber interferido la seguridad social como hicieron con el GPS de Von der Leyen.
El supuesto incidente de avión ha permitido poner en el centro del debate público un aspecto central del rearme: la carrera militar espacial. Desde mayo de este año, los principales países de la Unión Europea vienen promoviendo un documento que señala -contra la opinión de todos los expertos- que las interferencias de GPS no serían «incidentes aleatorios», sino «acciones sistemáticas y deliberadas” y “ataques de guerra híbrida” por parte de Rusia y Bielorrusia. La paranoia del ataque ruso en Bulgaria es una aplicación práctica de este anterior marco teórico paranoico. La UE propone inflar el poder de la Comisión Europea (reforzando el control del tráfico aéreo y marítimo por las agencias EASA y EMSA) y derrochar el presupuesto común (más gasto en ciberdefensa, navegación por satélite resistente a interferencias, funciones anti-spoofing, sistemas de autentificación y encriptación de señales…). Pero la idea estrella es aumentar el número de satélites en órbita terrestre baja (OTB).
Esta complejísima y costosísima operación es uno de los ejes del rearme más difíciles de presentar ante contribuyentes, empresarios y socios de la OTAN (compite con el GPS y el StarLink, ambos estadounidenses). O lo era, hasta que ha ocurrido el episodio del avión en Bulgaria. «Casualmente» ocurre unos pocos meses después de que la UE lance el aviso de inminentes interferencias rusas en dicho texto. Y también «casualmente», un día después del suceso aparece Andrius Kubilius diciendo que es el momento de ampliar y acelerar la defensa satelital europea. Kubilius es el Comisario Europeo de Defensa y Espacio (la coletilla de «espacio» ha sido añadida al cargo hace unos pocos meses, también «casualmente»).
Esta «carrera espacial» supone, como toda la política del rearme, una transferencia masiva de dinero público a manos privadas (la empresa Eutelsat), y de manos europeas a manos externas a la Unión Europea (esta empresa, sobre el papel francesa, tiene por accionistas a India, Reino Unido, Japón, Corea del Sur y la financiera neoyorquina Lazard). Como tantas de las ocurrencias europeas, el despliegue de nuevas constelaciones de satélites supone un peligro: la colisión y generación de chatarra espacial (que a su vez implica más riesgos de colisión) en una franja orbital que estará cada vez más colapsada (sumándose los satélites OBT de China, Rusia e incluso Taiwán y tantos otros). Existe también el riesgo de que el incremento de satélites aumente las interferencias electromagnéticas, que es de lo que acusan -paradójicamente- a Rusia.
¿A quién perjudica?
Que nuestros líderes anuncien a bombo y platillo la práctica certeza de un ataque ruso es un absoluto peligro para los ciudadanos europeos. Incluso aunque hubiese sido un ataque ruso, es imprudente anunciarlo sin tener ninguna evidencia material de ello. Máxime cuando la OTAN ha anunciado que un acto de ciber-guerra puede ser motivo suficiente para invocar el «artículo cinco» y desencadenar una guerra mundial con perspectivas nucleares. En Europa se ha invertido la carga de la prueba, que es la esencia del Derecho: en caso de duda «Rusia es culpable» (de nuevo, una referencia clásica fascista) y no es necesario ninguna demostración ni rendición de cuentas ante la población, a la que además de fe ciega se le exige apostar por ello con dinero de su bolsillo o sangre de sus compatriotas militares.
Esta aceptación por parte de nuestros medios de que «los líderes siempre dicen la verdad» («der Führer hat immer recht«) nos pone en el sendero más peligroso que pueden tomar los gobiernos. Sin una prensa crítica, hoy nos dicen que ha sido Rusia y punto. Mañana nos podrán decir que el GPS lo ha apagado su dueño Donald Trump. El siguiente ataque tal vez será cosa de los gobiernos «euro-escépticos» que no gusten a la Comisión Europea y que hay que sancionarlos: Hungría, Eslovaquia, Serbia… A Serbia ya la está acusando el ex-viceministro de Interior de Bulgaria como sospechosa de la interferencia GPS (ambos países tienen mala relación desde el reconocimiento de Kosovo).
Quizás a la Comisión Europea se le ocurra culpar del próximo incidente a ciertos colectivos étnicos (como la minoría rusa en Bulgaria o Rumanía) y promueva medidas discriminatorias como las que hemos visto en Ucrania y los países bálticos. O quizás nos digan que han sido unos hackers y toca que los ciudadanos sacrifiquen su privacidad en redes sociales. O el cambio climático (los pulsos solares causan interferencias GPS) y es necesario que usted renuncie a ir en coche contaminante, por el bien del Falcon de Von der Leyen. O quizás nos digan que han sido grupos con capacidad ciber-terrorista de ciudadanos populistas, soberanistas, disidentes… y que usted mismo es sospechoso de pensar como ellos.
Jasiel Paris es politólogo y máster en Seguridad. Ha sido militar profesional y trabaja como analista en medios de comunicación










