Del bloqueo a la asfixia: la guerra de Estados Unidos contra Cuba entra en su fase más brutal

MANOLO DE LOS SANTOS

En la quietud de una noche de La Habana, los únicos sonidos son el zumbido de un generador en un hospital lejano y el murmullo de una familia reunida a la luz de las velas. Para ellos, la «seguridad nacional de Estados Unidos» no es un concepto abstracto debatido en las noticias por cable estadounidenses; es la realidad tangible de un apagón de 20 horas, el olor de la comida en mal estado y el temor por los medicamentos refrigerados de un niño. Esta es la cara de una política que el Gobierno de Estados Unidos califica de respuesta a una «amenaza extraordinaria». Sin embargo, la verdadera amenaza no es militar. Es el desafío de 67 años de una pequeña nación insular que se ha negado a renunciar a su soberanía.

El 29 de enero de 2026, la Administración Trump transformó una campaña de presión de larga data en un instrumento contundente de asfixia. Mediante un decreto ejecutivo, convirtió el sistema arancelario estadounidense en un arma contra cualquier nación, incluidos países como México, que se atreva a vender petróleo a Cuba. Ya no se trata de aislar o contener al pueblo cubano del resto del hemisferio, sino de una estrategia deliberada de asfixia económica total, una medida sin precedentes en su agresividad desde la Guerra Fría.

La maquinaria de la sofocación 

La red eléctrica, las bombas de agua, el transporte público, los hospitales y las escuelas de Cuba funcionan con combustible importado. Al coaccionar a terceros países, Estados Unidos no solo pretende sancionar, sino también perturbar el metabolismo mismo de una nación. La declaración del Gobierno cubano fue contundente: se trata de «chantaje, amenazas y coacción directa» destinados a impedir la entrada de combustible en el país.

El resultado es un castigo colectivo, una violación del derecho internacional que utiliza el hambre, la oscuridad y las enfermedades como armas políticas para quebrantar la voluntad de un pueblo.

Una guerra constante: el manual imperial desde Eisenhower hasta Trump

Calificar esto de «política exterior» es subestimar su naturaleza. Se trata de un instrumento de guerra multilateral en constante evolución, perseguido sin descanso por diez presidencias estadounidenses consecutivas con un único objetivo: la destrucción del proyecto socialista de Cuba.

  • Eisenhower (1960) inició la agresión con el primer bloqueo después de que Cuba nacionalizara las refinerías de propiedad estadounidense.
  • Kennedy (1961-1962) intensificó la agresión con la fallida invasión de Bahía de Cochinos, hizo que el bloqueo fuera total y dio luz verde a la Operación Mangosta, un programa secreto de sabotaje e intento de asesinato de líderes cubanos, que incluyó más de 630 intentos contra Fidel Castro.
  • Clinton (1992-1996) asestó lo que se esperaba que fuera un «golpe de gracia» tras la caída de la Unión Soviética, aprobando las leyes Torricelli y Helms-Burton. Estas leyes extendieron el bloqueo estadounidense extraterritorialmente, castigando a las empresas extranjeras por comerciar con Cuba y afirmando la autoridad de Estados Unidos sobre el comercio mundial.
  • Trump (2017-2026), tras un frágil deshielo bajo Obama, no solo revirtió el rumbo, sino que se sumergió aún más en la crueldad. Volvió a incluir a Cuba en la lista de «Estados patrocinadores del terrorismo», una medida ampliamente condenada como ficción política, y promulgó 243 nuevas sanciones. Su acto más reciente, la orden ejecutiva de 2026, busca sellar el destino de la isla privándola de energía.

La estrategia siempre ha sido clara en su intención. Un memorándum desclasificado del Departamento de Estado de 1960, redactado por Lester D. Mallory, abogaba por crear «hambre, desesperación y el derrocamiento del Gobierno» negando «dinero y suministros». El coste humano es el objetivo, no un efecto secundario.

El «brutal dilema» y su coste humano

Esta crisis provocada tiene consecuencias medibles y terribles. En la década de 1990, el endurecimiento del bloqueo provocó una caída del 40 % en la ingesta calórica y un aumento del 48 % en las muertes por tuberculosis. Hoy en día, impide la compra de respiradores médicos, repuestos para la purificación del agua y, lo que es más importante, el combustible para hacerlos funcionar.

Este sufrimiento es presentado como un sacrificio necesario por los miembros de la mafia cubano-estadounidense que forman parte del Congreso de los Estados Unidos. La representante estadounidense Maria Elvira Salazar, de Florida, articuló recientemente el escalofriante cálculo: «Es devastador pensar en el hambre de una madre, en un niño que necesita ayuda inmediata… Pero ese es precisamente el brutal dilema al que nos enfrentamos…: aliviar el sufrimiento a corto plazo o liberar a Cuba para siempre».

Esta «libertad» prometida es un retorno al pasado anterior a 1959, cuando las empresas estadounidenses controlaban el 80 % de los servicios públicos de Cuba y el 70 % de todas las tierras cultivables. Es la «libertad» de explotar, comprada con el sufrimiento calculado de toda una generación.

La «Doctrina Donroe»: el imperialismo desatado

La escalada de Trump es la piedra angular de la «Doctrina Donroe» de su administración, una reedición en el siglo XXI de la Doctrina Monroe de 1823, que declara que toda América Latina y el Caribe son propiedad de Estados Unidos. Tras el ataque ilegal del 3 de enero de 2026 contra Venezuela, Trump declaró abiertamente: «El dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ser cuestionado». Según esta doctrina, cualquier nación que elija un camino independiente, especialmente una que organice su economía en función de las necesidades humanas, como el mundialmente reconocido sistema sanitario de Cuba, se considera una «emergencia nacional».

La guerra en el exterior y la guerra en casa

Para el pueblo estadounidense, es fundamental ver esto no como un problema lejano, sino como parte de una lógica continua. La misma administración que invoca «emergencias nacionales» para estrangular la economía de Cuba utiliza «emergencias» para desatar redadas del ICE en ciudades estadounidenses y matar a sus propios ciudadanos, como Renee Good y Alex Pretti. La misma mentalidad que tilda a 11 millones de cubanos de amenaza colectiva por ejercer su autodeterminación tilda a los migrantes y las minorías de amenazas internas. La lógica del bloqueo y la lógica de la frontera son una y la misma: el control violento de las poblaciones y los recursos, y la designación de grupos enteros de seres humanos como desechables.

La vela titilante en esa casa de La Habana es, entonces, más que una luz contra la oscuridad. Es un desafío al orden imperial. La lucha del pueblo cubano por mantener sus luces encendidas es una lucha fundamental por el derecho de todos los pueblos a determinar su destino, libres de la coacción de un imperio que confunde el dominio con la seguridad y confunde la crueldad con la fuerza. Como en el pasado, los cubanos se levantarán colectivamente para afrontar el reto, no solo para sobrevivir, sino para superar el bloqueo.

Manolo De Los Santos es director ejecutivo de The People’s Forum e investigador del Tricontinental: Instituto de Investigación Social. Sus artículos aparecen regularmente en Monthly Review, Peoples Dispatch, CounterPunch, La Jornada y otros medios progresistas. Recientemente ha coeditado Viviremos: Venezuela vs. Hybrid War (LeftWord, 2020).
Este artículo se publica en colaboración con Peoples Dispatch

 

MANOLO DE LOS SANTOS

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