La debatible benevolencia de EEUU en Oriente Próximo

EUGENIO GARCÍA GASCÓN

A Estados Unidos le gusta que le consideren una potencia benevolente que busca el bien de todos de una manera altruista. Después de la Segunda Guerra Mundial, facilitó el progreso de sus enemigos hasta ese momento, principalmente de Alemania y Japón, que poco después se convirtieron en competidores económicos. En otros lugares también ha promovido políticas de desarrollo, como en el notorio caso de China, aunque la rivalidad política sea evidente.

Una excepción a la regla de potencia benevolente es Israel, cuya guerra contra la Franja de Gaza, no contra Hamás, ha dejado millares de muertos y desaparecidos. La actitud de Washington durante las últimas semanas ha consistido en alimentar sin descanso los arsenales israelíes con bombas de todo tipo, a sabiendas del terrible coste humanitario que ha tenido la destrucción masiva para más de un millón de civiles.

La imagen de potencia benevolente que cultiva EEUU ha quedado hecha añicos, hasta el punto de que las protestas contra la administración del presidente Joe Biden en las ciudades norteamericanas se han convertido en algo habitual, diario. El malestar ha cundido entre millares de funcionarios de la Casa Blanca, el Congreso, el departamento de Estado y el Pentágono. En algunos casos, el malestar ha transpirado mediante cartas, firmadas o no, y hasta con alguna dimisión sonada.

Es pertinente preguntarse si EEUU puede hacer algo para poner fin a tanto dolor, aunque antes debería preguntarse si EEUU está realmente dispuesto a ponerle fin. De cara al exterior, la administración Biden mantiene una posición consistente de apoyo incondicional a Israel, aunque en ocasiones ha añadido que los bombardeos deberían hacerse salvaguardando el derecho humanitario internacional. Es evidente que eso no se ha hecho y que Washington no ha adoptado ninguna acción de represalia o de castigo contra el Estado judío.

Israel ha arremetido contra el secretario general de la ONU, António Guterres, por criticar la enorme destrucción causada por los bombardeos sin distinguir a los milicianos de Hamás del conjunto de la población, con la muerte de millares de niños y mujeres. Guterres ha calificado la muerte de civiles de “sin comparación y sin precedentes en ningún otro conflicto”. Sin embargo, para EEUU toda esa destrucción y muerte no han bastado para tomar medidas tendentes a poner fin a los bombardeos, como detener el envío de bombas, munición y proyectiles causantes del desastre.

El hecho de que la misma existencia de Israel dependa claramente de EEUU hace posible que la gran potencia podría exhibir su músculo si realmente deseara acabar con tanto sufrimiento, no solo en esta guerra, sino también para resolver un conflicto que a Israel le gusta gestionar mientras va completando la ocupación de Cisjordania y el Golán sirio mediante nuevos colonos que nunca paran de llegar a esos destinos cuya soberanía no está reconocida por la ONU.

EEUU proporciona a Israel una ingente ayuda militar de más de 3.800 millones de dólares anuales. Bastaría que Biden condicionara esa ayuda, o una parte de ella, a que Israel no actuara de la manera que lo está haciendo para que el primer ministro Benjamín Netanyahu tomara nota y frenara la orgía de muertes de civiles y la masiva destrucción también causada en la Franja.

El Congreso y el Senado están autorizados a revisar las ayudas que la administración da a otros países, de manera que los representantes y senadores podrían condicionar el dinero de los contribuyentes estadounidenses a que Israel cumpla el derecho humanitario internacional, algo que no ocurre. El Congreso y el Senado sintonizan incluso más que Biden con el militarismo en ese caso específico, y no parece que de ahí vaya a salir ninguna solución. La inacción del Congreso significa solidarizarse con Netanyahu y con los sectores más radicales de su gobierno, y eso es justamente lo que está ocurriendo.

La misma administración suspendió en 2021 la entrega de armas a Arabia Saudí porque este país no estaba cumpliendo con las normas de la guerra en Yemen, y para presionar a los saudíes para que acabaran con el conflicto. Es impensable que EEUU haga lo mismo con Israel, debido a la fuerte dependencia política de Israel que hay en el Capitolio y hasta en la misma Casa Blanca.

La conclusión es que no existe un horizonte final para el conflicto entre Israel, por una parte, y los palestinos y los sirios, por otra. En lugar de presionar para resolver estas crisis tan largas, Washington las anima con el apoyo incondicional a Israel. Cuando falta menos de un año para la celebración de las elecciones presidenciales, Biden debe andarse con cuidado si quiere repetir en la Casa Blanca, es decir, no puede presionar a Israel para resolver el conflicto, lo que cuestiona la imagen de benevolencia que los americanos se esfuerzan en transmitir.

Eugenio García Gascón ha sido corresponsal en Jerusalén 29 años. Es premio de periodismo Cirilo Rodríguez.

 

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